Mientras me encontraba hospedado en uno de los hoteles en Acapulco más conocidos de aquel hermoso lugar, fui testigo de un acontecimiento que restauró mi fe en la humanidad. La principal razón por la que decidí tomarme un descanso y dejar la Ciudad de México fue porque estaba harto de cómo veía que trataban a la gente en mi trabajo, lo que me provocaba rabia, pero sabía que aún no era tiempo de hacer algo o salir en defensa de aquellas personas, pero confiaba en que conforme aumentara de rango podría hacer más cosas por ellos. Estaba muy desanimado y enojado por la actitud de mis jefes, a quienes creía buenas personas, pero resultaron todo lo contrario a los dueños de la compañía, quienes tuve el placer de conocer en una ocasión y son de lo más humildes. Pero a quienes dejaron encargados son plato de otra mesa.

Uno de los días en los que estuve en el bello puerto de Acapulco decidí dar un paseo por la orilla del mar, sintiendo como pies se mojaban a cada paso y me hundía levemente en la tierra, no pensaba hasta donde iba a llegar, sólo quería caminar y caminar hasta que el sol se pusiera. Cuando ya el atardecer era rojizo llegué a un lugar muy cerca donde hay piedras enormes y vi un pequeño grupo de chicos que se aventaban algo entre ellos, supuse que era una pelota, pero al acercarme vi que era ¡un perrito! Sí, el pequeño animalito lloraba de dolor, pues lo jalaban de sus patitas, le daban vueltas y se lo lanzaban entre ellos o al mar. Había gente que pasaba y no hacía nada, incluyéndome yo. Hasta que un joven de apenas 16 años se metió con los otros chicos, que les calculaba tenían 26 años aproximadamente. Al lanzarse contra el grupito, éstos dejaron al perro en paz y comenzaron a golpear al adolescente, quien me inspiró con su valentía y fui a ayudarlo. Lo primero que hice fue gritarle a otra persona que fuera con el perro y por favor lo cuidara. Mientras yo le entraría al quite con los otros chicos, pues yo tenía sólo uno o dos años menos que ellos.

Aún en desventaja logramos soportar y también les regresamos algunos golpes, hasta que la policía llegó y nos llevó a todos a un lugar para interrogarnos sobre lo que había acontecido. Les conté todo lo que pasó, incluso nos acompañó una señora que tomó al perro y se lo mostró a los oficiales, quienes al final tomaron la decisión de encerrar a los jóvenes, que obviamente salieron bajo fianza, una cantidad ridícula la que les impusieron.

Pero el hecho de que alguien con apenas 16 años se atreviera a hacerle frente a jóvenes 10 años mayores que él, me hizo pensar que no se tiene que estar en los puestos altos de una empresa para luchar por los derechos de los demás, como lo es pelear por el trato justo y digno. Esto restauró mi fe en la humanidad.

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